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jueves, 18 de marzo de 2010

CLASE 02: EL SÍNDROME DE FRANKENSTEIN







En la novela Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley (de 1818), se nos presenta al Dr. Víctor Frankenstein quien en su afán por desentrañar "la misteriosa alma del hombre", Víctor crea un cuerpo a partir de la unión de distintas partes de cadáveres diseccionados.  Él, Frankenstein, un científico, pretende crear una nueva especie: seres felices y maravillosos que le deberían su existencia:

Nadie puede concebir la variedad de sentimientos que, en el primer entusiamo por el éxito, me espoleaban como un huracán. La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo. Una nueva especie me bendiciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia. Ningún padre podía reclamar tan completamente la gratitud de sus hijos como yo merecería la de éstos. Prosiguiendo estas reflexiones, pensé que, si podía infundir vida a la materia inerte, quizá, con el tiempo (aunque ahora lo creyera imposible), pudiese devolver la vida a aquellos cuerpos que, aparentemente, la muerte había entregado a la corrupción.
Pero, la creatura de Frankenstein es un horror.

El Síndrome de Frankenstein, así lo han planteado los cientistas sociales, corresponde a cuando los humanos empezamos a darnos cuentas que las ciencias y tecnologías pueden volcarse en contra nuestra o el que ellas de las manos e intenciones originales de sus creadores:

En 1968, en pleno apogeo del movimiento contracultural, Theodore Roszak expresaba sus ideas sobre el papel de la ciencia y la tecnología en el mundo contemporáneo: «Cualesquiera que sean las demostraciones y los beneficiosos adelantos que la explosión universal de la investigación produce en nuestro tiempo, el principal interés de quienes financian pródigamente esa investigación seguirá polarizado en el armamento, las técnicas de control social, la mercancía comercial, la manipulación del mercado y la subversión del proceso democrático a través del monopolio de la información y del consenso prefabricado» (1968: 286). Las palabras de Roszak, tremendas y exageradas como corresponden a un teórico de la contracultura, reflejan, no obstante, el espíritu de los tiempos: una creciente sensibilidad social y una preocupación política por las consecuencias negativas de una ciencia y una tecnología fuera de control. Es lo que se ha llamado «síndrome de Frankenstein», que empezó a extenderse en la opinión pública de los años 60 y 70.
          Desde el optimismo incondicional que siguió a la segunda guerra mundial, donde el progreso científico era visto prácticamente como sinómino de bienestar social, una actitud crecientemente crítica y cautelosa con la ciencia y la tecnología comenzó a extenderse en los años 60. Fue una actitud alimentada por catástrofes relacionadas con la tecnología (accidentes nucleares, envenenamientos farmacéuticos, derramamientos de petróleo, etc.) y por el desarrollo de activos movimientos sociales contraculturales críticos con el industrialismo y el Estado tecnocrático. El desarrollo del movimiento ecologista de los años 60 y las protestas públicas contra el uso civil y militar de la energía nuclear fueron elementos importantes de esa reacción. La ciencia y la tecnología comenzaron a ser objeto de escrutinio público y se transformaron en sujetos de debate político.
         Este es precisamente el contexto en el que tiene lugar una revisión y corrección institucional del modelo unidireccional de desarrollo (+ ciencia = + tecnología = +  riqueza = + bienestar), original de la postguerra, que sirvió de base a las políticas públicas sobre ciencia y tecnología. La vieja política de laissez-faire, que dejaba la regulación de la ciencia y la innovación tecnológica como un asunto de control corporativo interno, comenzó a transformarse en una nueva política más intervencionista, donde los poderes públicos desarrollaron y aplicaron una serie de instrumentos técnicos, administrativos y legislativos para el encauzamiento del desarrollo científico-tecnológico y la supervisión de sus efectos sobre la naturaleza y la sociedad. El incremento de la participación pública fue desde entonces una constante en las iniciativas institucionales relacionadas con el impulso y especialmente con la regulación de la ciencia y la tecnología. De aquí surgen, en los años 70, instrumentos como la evaluación de tecnologías y de impacto ambiental, e instituciones calificadoras y reguladoras adscritas a distintos poderes en diferentes países (González García et al., 1996).3

En el libro, el monstruo le dice a Frankenstein, hacia el final del libro, lo que hemos puesto en negritas:

Al poco oí pisadas por el pasillo, se abrió la puerta y apareció el temido engendro. La cerró, y, acercándoseme, me dijo con voz sorda:
         — Has destruido la obra que empezaste; ¿qué es lo que pretendes? ¿Osas romper tu promesa? He soportado fatigas y miserias; me marché de Suiza contigo; gateé por las orillas del Rin, por sus islas de sauces, por las cimas de sus montañas. He vivido meses en los brezales de Inglaterra y en los desérticos parajes de Escocia. He padecido cansancio, hambre, frío: ¿te atreves a destruir mis esperanzas?
         ― ¡Aléjate! Efectivamente rompo mi promesas; jamás crearé otro ser como tú, semejante en deformidad y vileza.  
          Esclavo, antes, intenté razonar contigo, pero te has mostrado inmerecedor de mi condescendencia. Recuerda mi fuerza; te crees desgraciado, pero puedo hacerte tan infeliz que la misma luz del día te resulte odiosa. Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedece!  La hora de mi debilidad ha pasado, y con ella la de tu poder.
         Tus amenazas no me obligarán a cometer tamaña equivocación; más bien me confirman en mi propósito de no crear una compañera para tus vicios.  ¿Querrías que, a sangre fría, infectara la Tierra con otro demonio que se complaciera con la muerte y la desgracia? ¡Aléjate! Estoy decidido, y con tus palabras sólo acrecentarás mi cólera.
¿Quién era Prometeo?


Hiroshima, 5 de agosto de 1945

Ver más aquí, aquí y acá.
Fragmento de
Aproximación filosófica a la relación existente en la actualidad entre Ciencia, Tecnología y Sociedad
por Patricia de la Fuente López (Universidad de Valladolid)
En 1945, apareció Ciencia, la frontera sin fin, informe presentado por Vannevar Bush a petición del presidente Truman, en el cual se proponía un modelo sobre ciencia y tecnología capaz de ser llevado a cabo por el gobierno estadounidense. El éxito de este modelo lineal de desarrollo fue tal que terminó siendo adoptado por las políticas públicas de prácticamente todo el mundo tras la II Guerra Mundial. En términos generales, su idea de fondo era la siguiente:
MÁS CIENCIA = MÁS TECNOLOGÍA = MÁS RIQUEZA = MÁS BIENESTAR SOCIAL
Y el tipo de políticas públicas al que dio lugar fueron las de cheque en blanco: lo único que debía hacer un Estado era destinar una parte considerable de su presupuesto al ámbito de la ciencia, dejándola actuar libremente. De hecho, se pensaba que dejándola obrar con total independencia y libertad la humanidad conseguiría progresar y librarse de sus principales males gracias a sus continuos descubrimientos y a su aplicación tecnológica. No es de extrañar por tanto que, en estos momentos, la imagen filosófica que subyazca acerca de la ciencia y la técnica sea la del denominado empirismo lógico o imagen esencialista de la ciencia, que vendrá a decir que ciencia y tecnología –la cual no es vista más que como ciencia aplicada– funcionarán únicamente si no existe ninguna clase de interferencia, con lo que volvemos a la idea de que si se garantiza la autonomía de la ciencia, también estaremos garantizando la integridad y la productividad del sistema. Propugnan asimismo la creencia sincera en que el científico es un sujeto capaz de objetividad, con lo que la comunidad científica, organizada de modo autónomo, perseguirá únicamente la Verdad con mayúsculas, la cual alcanzará gracias a la aplicación de un método particular, propio y exclusivo de la ciencia: el método científico.
Sin embargo, la que parecía ser la gran benefactora de la raza humana y dominadora de la naturaleza, demostró tener también aspectos no deseados: el siglo XX ha traído consigo grandes conquistas como el enorme aumento de la esperanza de vida, el descenso de la mortalidad infantil, medios de transporte ultrarrápidos, la llegada del hombre a la Luna, Internet o el mapa del genoma humano; más también el proyecto Manhattan, Hiroshima y Nagasaki, el escándalo de la Talidomida, Bhopal, Chernobil, el uso de armas químicas, o la aparición de enfermedades como el Alzheimer debido al antes citado aumento de la esperanza media de vida. Por tanto, si bien el pasado siglo supuso, en un momento dado, el apogeo de la tecnocracia y los ideales tecnófilos; también pudieron oírse voces prudentes que nos prevenían contra los posibles riesgos de una fe ciega en la tecnociencia, así como protestas abiertamente tecnófobas. De este modo, cuando la filosofía esencialista de la ciencia comenzó a resquebrajarse en la década de los 60 debido a la acción de la llamada reacción antipositivista, surgió una nueva disciplina filosófica: la filosofía de la tecnología, una respuesta a las dudas y el malestar que había sembrado en el seno de la sociedad la constatación de que la ciencia y su aplicación práctica podían tener también aspectos negativos de nefastas consecuencias para el ser humano. Este ambiente generalizado de desconfianza hacia la tecnociencia, debido en gran medida a la resonancia pública que alcanzaron algunos de sus fracasos, fue bautizado con el nombre de Síndrome de Frankenstein1, el cual trajo consigo la retirada de la fe ciega y el respaldo incondicionado que la ciencia gozaba por parte de un amplio sector de la población en la década de los 50, así como el ya mencionado surgimiento de la filosofía de la tecnología como disciplina dedicada a elaborar, como su propio nombre indica, una reflexión filosófica sobre la tecnología, la cual ha dejado de ser mera ciencia aplicada y se ha convertido en una disciplina con identidad propia y digna de estudio por sí misma.
Mas, aún ciñéndonos exclusivamente a sus aspectos positivos, cabría decir que la tecnociencia del XX ha experimentado un desarrollo tan espectacular que ha dado lugar a conductas prácticas que nos parecían poco menos que sueños irrealizables en un pasado no tan lejano, como pueden serlo la creación de tejido humano o la posibilidad de escoger el sexo de nuestros hijos. Tan novedosas son estas prácticas, que las actuales legislaciones en ocasiones ni tan siquiera las contemplan.



 Surco de un vinilo

La información en un CD de audio

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